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9 deJulio, Bs.As., Argentina
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martes, 14 de febrero de 2012

Desde la bioseguridad a la política ambiental

(Fuente faba informa)
Presentación de Horacio Micucci, Director de BIOSEGA (FBA), en el III Congreso Internacional sobre Cambio Climático y Desarrollo Sustentable

“No debemos lisonjearnos demasiado de nuestras victorias humanas sobre la naturaleza.
Esta se venga de nosotros por cada una de las derrotas que le inferimos... Todo nos recuerda a cada paso que el hombre no domina, ni mucho menos, la naturaleza a la manera como un conquistador domina un pueblo extranjero, es decir, como alguien que es ajeno a la naturaleza, sino que formamos parte de ella con nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, que nos hallamos en medio de ella y que todo nuestro dominio sobre la naturaleza y la ventaja que en esto llevamos a las demás criaturas consiste en la posibilidad de conocer sus leyes y saber aplicarlas” Federico Engels. (1876)


Las palabras del epígrafe, escritas hace ciento treinta y cinco años, tienen vigencia. Se explota al ambiente como un conquistador extranjero, ajeno a la naturaleza…
Desde ya, no se trata de no producir, ni de volver a la vida primitiva. Se trata de hacerlo aplicando las leyes de las ciencias ambientales con una producción sustentable que no afecte a las personas actuales ni futuras…
Nos interesa explicar cómo transitamos nosotros, en el Programa BIOSEGA de la Fundación Bioquímica Argentina, desde la bioseguridad a la comprensión de la cuestión ambiental.

Llamados de atención

Ciertas circunstancias, algunas desgraciadas, impulsaron en nuestro país el desarrollo de normas de Bioseguridad, contribuyendo en distinto grado a su difusión masiva en distintos momentos. Ellas fueron: la pandemia de SIDA, la epidemia de cólera, la aparición de la legislación de residuos biopatogénicos y de transporte de material biológico y las recientes epidemias de Dengue y Gripe A.
Lentamente, se fueron aprendiendo y difundiendo los peligros de manipular material biológico y las maneras de protegerse. Esto se hizo en medio de carencias crónicas de materiales y de presupuesto y de errores de variado origen. Errores muchas veces surgidos de las conducciones sanitarias que daban indicaciones alejadas de la realidad o formales, estableciendo normas de las que no podían asegurar el cumplimiento. Y lamentablemente, a veces, más desde una visión comercial que sanitaria.

La bioseguridad como triple derecho

Cumplir normas de bioseguridad es un deber. Pero, en BIOSEGA, preferimos destacar algo también cierto, pero olvidado: que la bioseguridad también es un derecho. Encarar esta disciplina como derecho era necesario para convencer a los que corren riesgo biológico de la necesidad de protegerse, reclamando prácticas bioseguras como parte de sus condiciones de trabajo y de vida.
Predicamos que la bioseguridad es un triple derecho:
• Derecho del trabajador de la salud y el operador de material biológico
• Derecho del paciente a que la atención sanitaria no lo contamine
• Derecho del habitante a que no se lo afecte directamente o indirectamente con el riesgo biológico.
El derecho del habitante común, nos empujó a considerar el ambiente.
Comprendimos que el riesgo biológico trasciende las puertas del laboratorio en dos formas principales: el residuo biopatogénico y el espécimen para diagnóstico transportado a través del territorio nacional.
Cuando empezamos a prestar atención a los efectos externos, advertimos que los residuos (como todos los residuos de cualquier actividad humana) afectan al ambiente. Que es preciso gestionarlos adecuadamente, recuperar lo posible y reducirlos lo más drásticamente que se pueda.

Uso de descartables: necesario pero no suficiente

Sabíamos que el uso de material descartable era beneficioso desde el punto de vista de la bioseguridad. Al principio sólo reparamos en este aspecto, hasta que en 1998, tomando contacto con la Organización Salud sin Daño (Health Care Without Harm) escuchamos de la necesidad de reducir el descartable a lo necesario. El abuso del descartable es perjudicial para el ambiente, donde se deposita finalmente. Y eso nos introdujo en la cuestión ambiental.
Es bueno lo descartable pero no es bueno que todo sea descartable. No es signo de mayor calidad, como creíamos. Supimos que en Canadá se reciclan los pañales. Un niño genera ocho kilos de pañales por día y, en ese país, se considera que recuperarlos es ambientalmente más racional que eliminarlos. La Lic. María Constanza Munitis realizó una pasantía en Italia y allí encontró los mismos criterios.

Gestión de residuos y reducción de los mismos

Comprendimos la necesidad de la gestión de residuos y de la reducción de los mismos y, desde nuestra especialidad, arribamos a la concepción del reciclado y del reuso.
Hay dos formas de gestión de residuos biopatogénicos:
• La Gestión Clásica, simple pero que produce “residuos de residuos” sólidos, líquidos y gaseosos, a veces más peligrosos que aquellos de los cuales provienen, aplicada en Francia, Inglaterra y en nuestro país.
• La Gestión Avanzada, que integra los biopatogénicos en las distintas cadenas de residuos (España, Alemania).
Con esta visión ampliada de la bioseguridad que va más allá del análisis del riesgo interno y su prevención, extendiéndose al riesgo externo para impedirlo, llegamos a demostrar que la población general produce más material biológico que los laboratorios. Era evidente, entonces, la necesidad de enmarcar los residuos (los biopatogénicos y los generales de la población) en una política ambiental integral.
Pero política es ciencia y oficio de hacer posible lo necesario, es integración de un Proyecto Ambiental y la capacidad de llevarlo a cabo. No es el arte de lo posible que nos deja siempre atrás de las necesidades ni es sólo “Gestión” como ha sido moda en las últimas décadas; moda que significa reducirse sólo a administrar lo que no se tiene la decisión de cambiar.
La OMS, comprendiendo la necesidad de una política sanitaria y ambiental adecuada, consensuada y acordada, ya hace más de treinta años que ha aconsejado una serie de pasos previos al dictado de una legislación de residuos de establecimientos de salud. Ese plan comprendía, antes del dictado de la legislación, el compromiso y responsabilidad nacionales para las políticas a definir, el relevamiento nacional de las prácticas efectuadas hasta el momento, discutir ampliamente los lineamientos políticos y técnicos y contemplar métodos regionales, cooperativos y alternativos. Recién después, aconsejaba, se debe dictar una legislación, y dictada ésta proceder a la capacitación y a un re-examen permanente. Releyendo esos sabios consejos se advierte que en nuestro país se dictó la legislación sin el estudio y el debate publico que debieron precederle y esto causa innumerables dificultades en su aplicación.

Residuos Biopatogénicos

En Argentina hay un problema con los residuos de la población general y, recién entre ellos, un problema con los residuos biopatogénicos. El problema de los residuos biopatogénicos es imposible de resolver si no se los encara integrados y en el contexto de los residuos generales. La población general produce más material biológico en su vida cotidiana que los establecimientos de salud. La gestión de residuos biológicos debe ser, por lo tanto, integral, caso contrario quedaría sin control una gigantesca fuente de ellos.
Y, ya en el campo de los residuos generales, debe decirse que no basta con reducir la cantidad de residuos y su peligrosidad con una buena gestión. Hace falta introducir los conceptos de reuso y reciclado.
Esto supone ir más allá de la fase de eliminación de los residuos para concentrarse en fabricar menos descartables y más productos durables y reusables (REUSO) y en lograr que los residuos sean materia prima para otros productos (RECICLADO).
Lograr un manejo del medio que nos rodea en el sentido indicado por las necesidades de la población presupone una Gestión Ambiental correspondiente. Esta Gestión, en orden de importancia, comprenderá:
• Una producción de bienes y servicios no depredatoria, conservativa y sustentable.
• Un consumo coherente con lo anterior que se base en una mayor proporción de bienes durables y no descartables y que evite el exceso de consumo de materiales no reciclables o no biodegradables.
• Un manejo de desechos de producción y consumo que no sea contaminante para las personas y el medio. Promoción del reciclado, el reuso y un procesamiento final no contaminante.
Es decir, hay una unidad entre las esferas productivas, de distribución y de consumo. Quien se detiene sólo en el residuo olvida la esfera productiva y distributiva. Y en la decisión de qué y cómo se produce hay decisiones de política ambiental. A veces los costos aumentarán pero se evitarán otros costos en la forma de males sociales, viviendas destruidas, enfermedades evitables.
Lo anterior implica la necesidad de una legislación y gestión de residuos basada en la educación del generador y en normas de fácil cumplimiento y de costos reducidos promoviendo las acciones colectivas por sobre las individuales.
La gestión de residuos no debe ser una fuente de buenos negocios para algunos. Debe ser parte de una Política Ambiental y Sanitaria Nacional.

Desde la Bioseguridad a la Política Ambiental y las condiciones de vida

Ingresamos así en la cuestión ambiental, entendiendo que había que superar la visión de aquellos que reducen el tema a una gestión y eliminación de residuos. Es necesario entonces, entrar de lleno en las fases de producción y distribución de las mercancías para controlar los residuos desde el origen.
Se arriba así al concepto actualísimo de RESIDUO CERO, que supone una visión integral, que abarca producción, distribución, consumo y eliminación y también condiciones distintas de vida para amplios sectores de la población.
Es bueno recordar un dato de la reciente Conferencia Internacional Minimización y Reciclado de Residuos (2). Allí se expresó que la Ciudad de San Francisco recupera y recicla el 65% de sus residuos pero su sistema de cloacas, agua corriente y eliminación de residuos húmedos por trituración domiciliaria no es comparable a la de nuestro país. Por lo tanto no son comparables los resultados. Para llegar a ese nivel de reciclado son necesarias iguales condiciones sanitarias para la población. Por eso en dicha Conferencia, tanto representantes de áreas específicas de la ONU, como de organismos oficiales de países asistentes pusieron énfasis en la integración de los que, en lenguaje de la ONU, son “recicladores” (cartoneros).
En esta moderna concepción que vincula el RESIDUO CERO a la situación social de vastos sectores, el Ministerio de Desarrollo Social de Uruguay tiene la consigna “CLASIFICAR PARA INCLUIR, INCLUÍR PARA RECICLAR”, considerando que las condiciones de vida de aquellos a quienes nosotros llamamos cartoneros son inseparables de un proceso exitoso de reciclado. Cartoneros que, como dijo José Henrique Penido Monteiro del Municipio de Río de Janeiro, en la misma Conferencia, están hoy “lejos de los ojos, lejos del corazón”. Ese reciclado en Chile, en la comunidad de La Pintana, permite obtener biocombustible de aceite usado domiciliario a 23 centavos de dólar el litro.
Dos cuestiones adicionales finales
1- Atender al principio precautorio (que en el caso de la bioseguridad es la responsabilidad del generador de la cuna a la tumba) que significa que ese residuo (igual que un automóvil) es lo que legalmente se llama “cosa riesgosa”. Y así como un conductor de vehículos no puede causar riesgo a un tercero si puede evitarlo, aunque ese tercero sea culpable, el generador de residuos peligrosos es responsable de su eliminación adecuada. El posible contaminador es el que debe asegurar que no habrá riesgo y no el contaminado el que deba demostrar la contaminación, después de que ocurra.
2- La necesidad (previa a toda acción que modifique el medio ambiente) de planes estratégicos de objetivos y fines de los ambientes implicados. El reciente desastre petrolero del Golfo de México puso esto a la orden del día. El objetivo destinado a un área es el que regula el riesgo aceptable. Se debate hoy que, en un área crítica como el Golfo, en la que se espera un riesgo cero, el riesgo debe ser menos de uno en un millón. Es decir, iguales condiciones probabilísticas que las que se fija para la esterilidad biológica.
Así llegamos a una visión integral, donde la bioseguridad sale del laboratorio y se amplia al control de la contaminación en el ambiente exterior, integrándose a la vigilancia epidemiológica regional y de fronteras y a la Defensa Nacional y donde la defensa del ambiente es parte de la defensa del Patrimonio Nacional.
Referencias bibliograficas


1-Salud sin daño. En Internet:
www.noharm.org/salud_sin_danio/sobre. Salud Sin Daño es una coalición internacional de hospitales y sistemas de salud, profesionales de la salud, grupos de la comunidad, sindicatos y organizaciones ambientalistas que se proponen transformar mundialmente el sector de cuidado de la salud - sin comprometer la seguridad o el cuidado del paciente - para que sea ecológicamente sustentable y deje de ser una fuente de daño para las personas y el ambiente.
2- Conferencia Internacional Minimización y Reciclado de Residuos. Buenos Aires. 21 y 22 de junio de 2011. En Internet:
www.beacon2011.com.ar/index.html

lunes, 13 de febrero de 2012

Felicitaciones Argentina-Ahora Vamos por los Cuartos

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Vivencias de un Bioquímico durante la Guerra de Malvinas-Historias de vida - Segunda Parte

>Historias de Vida - Segunda Parte( Fuente Fabainforma)La imagen en la costanera del pueblo era deprimente. Había nevado recientemente y un par de casas alcanzadas por la artillería inglesa aún ardían. Muchos conscriptos vagaban como sonámbulos, algunos sin casco, armamento ni equipo, tambaleantes por el cansancio, el  hambre y el stress padecido en los 3 últimos días. Eran combatientes que bajaban de las colinas aledañas al poblado, desplazados violentamente por la toma de posiciones a sangre y fuego del enemigo. En muchos casos no visualicé conducción militar responsable y algunos soldados deambulaban cual fantasmas entre la bruma ....
En la mañana del 15 de junio se cumplió el plazo de 24 horas y al desintegrarse finalmente el CIMM me dirigí caminando solo en búsqueda de mi unidad original BIM 5, de la cual no tenía certeza dónde y en qué situación había quedado luego de la feroz ofensiva inglesa de los últimos cuatro días.
Esa tarde conseguí ubicar al BIM 5 reagrupado en un galpón de las Falkland Island Co. cercano al Apostadero Naval y consternado tomé conocimiento de las bajas conocidas hasta ese momento. Entre los desaparecidos estaba mi conscripto ayudante de laboratorio en Río Grande, quien afortunadamente apareció al día siguiente luego de haber estado prisionero un par de días de un pelotón gurka. No había sufrido maltrato alguno e inclusive se había traído como souvenir una ración de combate inglesa sin abrir que le habían obsequiado sus captores: curiosidades de la guerra … 
El 16 de junio en otra mañana nublada, ventosa y fría emprendimos a pie la marcha de 8 km hacia el  “campo de concentración” ubicado en la península del aeropuerto, lugar destinado por el comando inglés para el confinamiento de nuestras derrotadas tropas, evitando así todo contacto físico con los vencedores.
Hasta ese momento y  pese a la rendición “cuasi” oficial todavía cada soldado contaba con su armamento personal, pero ya al pasar por el primer puesto de control patrullas inglesas apostadas a ambos lados del camino ordenaban tirar los fusiles FAL a un par de pilas ubicadas en ambas banquinas.
Al llegarme el turno y extender mi brazo para entregar mi pistola reglamentaria, única arma que me quedaba ya que mi FAL había quedado en la decomisada sala de armas del hospital, el inglés a cargo del puesto del lado de mi banquina me preguntó si yo era un oficial (en esta guerra no se utilizaban insignias distintivas para no facilitar la labor de eventuales francotiradores) pero mi casco tenía las clásicas cruces rojas de sanidad y seguramente por mi edad (30) y bigotes no aparentaba ser un conscripto. Ante mi lacónico y tarzánico  “Yes” el  inglés me indicó secamente que me la guardara nuevamente en su funda.
Sorprendido por la situación y algo desconcertado guardé mi arma y continué caminando junto al resto de los aproximadamente 9000 ó 10000 hombres que marchábamos pesadamente hacia el aeropuerto.
Posteriormente me enteré que éste para mí curioso episodio había sido otra muestra de la experiencia bélica inglesa, ya que en derrota los ejércitos suelen tener episodios de violencia entre propia tropa y a veces se hace difícil mantener la disciplina imprescindible en tan difíciles circunstancias.
Al ejército inglés ocupante en Malvinas le convenía evitar conflictos que pudieran motivar heridos y/o muertos en tropa argentina, la que ya estaba bajo el status jurídico internacional de “prisionero de guerra” y que por ende su cuidado y seguridad dependían del país vencedor.
Inglaterra fue en general respetuoso con el cumplimiento de la Convención de Ginebra: a un grupo residual de oficiales jefes que permanecieron  más tiempo prisioneros en San Carlos y luego en buques ingleses, llegaron inclusive a pagarles el “sueldo” de prisionero” de 16 libras que fijaba la Convención.
De mi corta esta etapa final como prisionero recuerdo haber sufrido mucho el frío, el viento, la  lluvia o nieve recurrentes: ya estábamos bien encima del durísimo invierno del Atlántico Sur.
Al  llegar al aeropuerto el panorama que vimos era desolador: producto de los bombardeos había cráteres y escombros por doquier, varios aviones destruidos y una multitud de prisioneros deambulando, muchos todavía sin conducción alguna, angustiados por la falta de lo más básico del ser humano: abrigo y comida.
Lo primero que hizo el Comandante del BIM 5 fue hacer levantar las prolongaciones de aluminio de la pista, desarmarlas e improvisar un vivac que en forma precaria nos protegiera de las inclemencias.
Vale resaltar que muchos de los soldados de este Batallón, por haberse replegado combatiendo, no disponían de colchonetas o mantas para cubrirse, por lo que únicamente contaban con lo puesto.
En los dos primeros días pasamos hambre, “oficialmente“ no había provisión de agua ni comida. Sin embargo un auténtico manjar fue comer aunque racionadas algunas latas de albóndigas con salsa que varios habíamos conseguido rescatar a último momento, “bien regadas” con un par de cucharadas de sachets de  dextrosa al 5 % que hallamos allí mismo bajo los escombros de un puesto de socorro.
Al tercer día las cosas comenzaron a mejorar: se había conseguido autorización para  traer víveres y medicamentos desde Puerto Argentino y también algunas cocinas de campaña.
Pese a que el stress residual por las impactantes situaciones vividas y la incertidumbre sobre cual sería nuestro futuro hacían su efecto, el liderazgo del Comandante (un correntino petisón muy carismático), muy cimentado en su ejemplo personal, permitió mantener elevada moral y un fuerte espíritu de cuerpo. 

El día 18 el Comandante me llamó para informarme que través de la Cruz Roja el Comando inglés había autorizado un viaje de evacuación del personal enfermo (ya no había heridos). Por ende me designaba para llevar a 55 conscriptos que presentaban  diferentes patologías “comunes” al lugar que los ingleses decidieran, en ese momento se rumoreaba que podía ser la Isla Ascensión, Inglaterra o un lugar neutral como Brasil o Uruguay. Mi misión era no separarme nunca de ellos hasta entregarlos en el Hospital civil de Río Grande, Tierra del Fuego, donde como dije al principio tenía su asiento el BIM 5.
En varios vuelos de helicóptero Sea King me ocupé de llevar ese personal al Buque Hospital Bahía Paraíso. Finalizada la evacuación ya me quedé en el barco, donde me proveyeron de ropa interior limpia y un plato caliente de sopa , pudiéndome bañar y afeitar después de por lo menos 10 ó 12 días.
Enseguida recibimos con gran alegría y gritos de júbilo la noticia de que el buque hospital había sido autorizado a dirigirse a Punta Quilla, Santa Cruz, lugar muy cercano a mi destino final Río Grande.
Llegamos a este puerto aproximadamente a las 8 hs. del domingo 20 de junio. Apenas bajé de la planchada tocando tierra firme se me presentó el Contralmirante IM Busser, Comandante  del Teatro Operaciones Atlántico Sur, quien me informó que éramos el primer contingente de IM que regresaba de las islas. Amablemente me pidió que le comentara lo que sabía respecto de la situación del BIM 5 y de otras unidades de IM remanentes en Puerto Argentino.  Conversamos unos 10 minutos, lo puse al tanto de mi misión y por ende enseguida me consiguió un avión naval y a la hora de arribar ya estábamos todos en vuelo a Río  Grande.
En ese aeropuerto ya nos estaban esperando varios vehículos y ambulancias y el ambiente era de gran conmoción, porque éramos los primeros en volver a una ciudad que había estado totalmente comprometida civil y militarmente con este tan particular conflicto bélico.
Luego de entregar mis 55 evacuados lo primero que hice fue llamar a mi esposa a Bahía Blanca, quien no tenía noticias mías desde hacía 10 días, justamente aquellos que habían decidido la contienda. Es de imaginar su emoción y alegría (espero que haya sido sincera ¡¡¡) al enterarse que yo estaba sano y salvo.
Luego y como correspondía, me presenté en “mi” cuartel del BIM 5 donde fui recibido por el Comandante del BIM 3 de La Plata, unidad que se había hecho cargo transitoriamente de las instalaciones edilicias, como reserva en previsión de algún conflicto fronterizo con Chile en esa zona.
Durante 2 horas le informé el estado general del BIM 5 hasta el momento en que la había dejado el día 18 y  también un detallado informe sobre mi experiencia desde el día de mi arribo a las islas.
Luego de pernoctar esa noche en mi casa (vacía desde el 10 de abril), al otro día y ante mi sorpresa, el  Comandante “ocupa”  manifestó su intención de hacerme quedar varios días más en Río Grande a los efectos de que prestara declaración ante los responsables de Inteligencia naval. Esta situación me obligó a expresarle muy enérgicamente mi firme deseo de intentar reunirme con mi familia lo antes posible, ya que mi esposa el 3 de mayo había tenido nuestra segunda hija y lógicamente estaba ansioso por conocerla.
Tuvimos un tenso cambio de palabras y tal vez en otras circunstancias dada la estructura militar en que yo revistaba, mi actitud altanera hubiera merecido alguna reconvención verbal o hasta una sanción reglamentaria formal. Pero seguramente mi aspecto demacrado por los 7 kilos de peso perdidos, el cabello muy encanecido repentinamente y sobre todo lo inoportuno de provocar un incidente con un oficial arribado del frente bajo fuerte stress residual,  incidieron para que criteriosamente reviera su postura.
Algo a regañadientes ordenó a su ayudante que me gestionara un pasaje a mi ciudad.
Finalmente a las 23 horas del 21 de junio, luego de 74 muy especiales días pude volver y abrazarme entre lágrimas con mi familia en Comandante Espora, el aeropuerto de mi ciudad natal Bahía Blanca.
Comentarios finales
1. El CIMM tuvo 1990 internados en los 65 días que estuvo funcionando. Hubo 671 evacuados al continente.
Sepultó por si mismo 32 muertos y entregó 12 más al enemigo en la rendición. De este total de 44 sólo 2 murieron en el Hospital, 42 le llegaron ya fallecidos.
Su dotación total en la última etapa del conflicto fue de 120 hombres de las 3 Fuerzas, que incluía 51 profesionales universitarios y entre ellos 45 médicos de diferentes especialidades.
El principal inconveniente de la sanidad en combate de Malvinas fue que el Hospital de Campaña no pudo recibir desde el frente a los heridos dentro del “período de oro”, o sea las 2 horas post injuria que es el período donde un centro quirúrgico salva vidas y baja la mortalidad (enseñanza  de Vietnam).
La atención en primera línea fue sumamente dificultosa y quebró el concepto de la asistencia rápida de los heridos de guerra: lo escabroso del terreno hacía imprescindible el uso del helicóptero en la evacuación y prácticamente no pudimos disponer de ellos. Por ende en general las bajas llegaban por tierra al hospital transcurridas más de 6 horas después de haber sido heridos.
Luego de la gran ofensiva final de los 4 últimos días la gran mayoría de los muertos permaneció en el terreno y fueron sepultados posteriormente por el trabajo conjunto de  ingleses y prisioneros argentinos.   
2. EL BIM 5 fue la más destacada de las unidades terrestres argentinas por su desempeño en combate.
No solamente se hizo merecedor de las máximas condecoraciones que otorga la Nación Argentina sino que su actuación fue elogiada en múltiples publicaciones especializadas del exterior, sobre todo las inglesas basadas en el testimonio directo de excombatientes de esa nacionalidad.
Debido a su accionar directo el bando vencedor le adjudicó responsabilidad en 300 bajas propias.
Las bajas del BIM 5 fueron 16 muertos y 68 heridos, muchos con graves secuelas.
Del heroísmo de sus conscriptos, suboficiales y oficiales dan fe gran parte de las 4.880.000 citas que pueden observarse simplemente tipeando “BIM 5” en el buscador Google.
3. En el año 1985 solicité mi Baja Voluntaria de la Armada convirtiéndome nuevamente en un civil.
Desde ese momento he  mantenido siempre un perfil muy bajo respecto a la gesta de Malvinas y casi no he participado en actos oficiales ni integro organizaciones de excombatientes de las diversas que existen.
Es muy probable que sea debido a que pese al tiempo transcurrido y por más que ciertas desgracias familiares retemplaron mi espíritu, aún hoy no pueda evitar que me invada una tristeza muy íntima y profunda al ver el epitafio que los ingleses pusieron en las blancas cruces del Cementerio de Darwin:
“ Aquí yace un soldado argentino sólo conocido por Dios” 

Datos del autor
Guillermo Sergio Pandolfi nació el 25 de junio de 1952 en la ciudad de Bahía Blanca y se graduó de Químico (1973) y Licenciado en Bioquímica (1975) en la Universidad Nacional del Sur. Es especialista en Bromatología con orientación en Aguas y se ha desempeñado como Perito Químico en la Justicia Federal y docente dando cursos y conferencias en Congresos Nacionales y Latinoamericanos así como también en la Fundación Bioquímica Argentina y las Universidades Nacionales del Sur y Tecnológica.
Diplomado en Gerenciamiento Empresarial en la Universidad del Sur, actualmente es el gerente comercial del Laboratorios IACA de Bahía Blanca.

viernes, 10 de febrero de 2012

Vamos Primeros 2 Punto en Casa-Felicitaciones


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Atardecer en 9 de Julio


Lo interesante de esta Foto es que el Sol esta a mis espalda
tomada con el Te.Celular

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Vivencias de un Bioquímico durante la Guerra de Malvinas-Historias de vida - Primera parte

A 28 años de concluida la guerra de Malvinas el 14 de junio de 1982, un bioquímico bonaerense testigo de los hechos se animó a compartir con sus colegas las memorias que guarda de la histórica contienda. Guillermo Pandolfi, bioquímico de Bahía Blanca nos acerca en esta edición su testimonio de los días vividos en las islas durante los 74 días que duró el enfrentamiento militar.

Por Guillermo Sergio Pandolfi (Fuente Faba informa)
gpandolfi@fibertel.com.ar
El recién comenzado otoño de 1982 me halló radicado en la ciudad de Río Grande (Tierra del Fuego), enrolado en la Armada Argentina como Teniente de Navío Bioquímico y destinado en el Batallón de Infantería de Marina Nº 5 (BIM 5).
En tal carácter desarrollaba mi labor profesional como Jefe de Laboratorio y Farmacia integrando el Departamento Sanidad junto con 2 médicos, 2 odontólogos, enfermeros, camilleros, etc conformando una dotación total de aproximadamente 25 hombres.
Pese a integrar una unidad militar de Infantería Marina, al igual que a la mayoría de los argentinos me tomó por sorpresa el desembarco del 2 de abril en Malvinas, acontecimiento que se vivió con especial intensidad en Río Grande, ciudad que poseía diversas similitudes con la idiosincrasia de aquellas islas.
Dado que en el ambiente militar nacional el BIM 5 gozaba de un gran prestigio como selecta unidad de elite equipada y adiestrada para los rigores del clima austral, desde ese mismo día supuse que si existía un conflicto (realmente no pensaba en una guerra) existía una muy alta probabilidad de que este Batallón fuera trasladado a las islas seguramente formando parte de una fuerza de ocupación transitoria.
Por consiguiente, luego de unos pocos días de gran ansiedad y expectativa resultó natural para mí que el 8 de abril el BIM 5 arribara completo con sus 800 hombres, artillería, vehículos, etc a Puerto Argentino.
Desde su llegada, ante la incertidumbre sobre el resultado de las negociaciones con Inglaterra que se llevaban a cabo para establecer un nuevo status quo en las islas, el BIM 5 ocupó posiciones en los montes aledaños a la costa integrando un dispositivo estratégico netamente defensivo junto a otros Regimientos del Ejército, en previsión de un probable desembarco inglés en los alrededores de Puerto Argentino.
Hasta fines de abril en la etapa prebélica participé cumpliendo mi rol en la sanidad en combate de un batallón de primera línea, siendo mi principal responsabilidad la logística de insumos sanitarios varios desde la muy cercana retaguardia hasta los Puestos de Socorro insertados en las posiciones que las diferentes Compañías ocupaban en los montes Harriet, Longdon, Williams, Tumbledown y Sapper Hill.
También y “como para despuntar el vicio” me tocó realizar algunos controles básicos de calidad del agua de los chorrillos de esos montes, mediante kits rápidos de ensayo a campo que previsor me había llevado.
El 27 de abril y por una circunstancia fortuita (enfermedad y evacuación del único bioquímico de ejército allí destinado), por orden superior soy desafectado del BIM 5 y paso a cumplir tareas en el único hospital militar emplazado en Puerto Argentino – el Centro Interfuerzas Médico Malvinas (CIMM) – ubicado en una edificación elevada que tenía como destino futuro ser una colonia de vacaciones para los lugareños.


El 1º de mayo muy temprano el CIMM tuvo su bautismo de fuego y tomamos realmente contacto con la cara absurda y cruel de la guerra, al recibirse los primeros muertos y heridos graves a raíz del ataque aéreo inglés, simultáneo tanto en cercanías de Puerto Argentino como en la localidad de Darwin a 60 km.
Luego de una jornada de mucho trabajo asistencial a la tardecita se celebró en el CIMM una muy emotiva misa por las bajas ocurridas, en la que muchos de nuestros rostros dejaban traslucir las emociones vividas, como dieron cuenta las imágenes de la TV abierta del continente en los noticieros nacionales al otro día.
Luego a las 21 ó 22 hs recibimos un urgente llamado desde las posiciones de la Compañía “Mar” del BIM 5, la que apostada en las alturas de Sapper Hill reportaba bajas ocasionadas por fuego naval.
En ese momento fui llamado por el Director Mayor Médico Ceballos, ya que tenía que enviar una ambulancia de noche y sin luces a ese monte y suponía que por provenir yo justamente del BIM 5 conocía mejor que nadie en el CIMM como llegar mejor a ese lugar en tan especiales circunstancias.
En un marco de lógico nerviosismo ya que era el debut del CIMM en evacuaciones nocturnas desde el frente bajo fuego enemigo, recibí la orden de ir a cargo de ese vehículo a buscar las bajas de Sapper Hill.
Partimos enseguida con el chofer enfermero y tomamos rumbo hacia la zona aledaña a la playa. La noche era bastante clara lo que permitía al principio adivinar el camino de salida de la población y más adelante la precaria huella por la que debíamos transitar, hasta que ésta desapareció y circulamos a campo traviesa.
A los pocos minutos de andar, en la oscuridad nos topamos con un camión radar de F. Aérea y cambiamos unas pocas y nerviosas palabras con el personal a cargo del mismo, confirmando nuestro correcto rumbo.
Cabe acotar que al día siguiente me enteré conmocionado que esa misma noche, sólo un par de horas después, ese vehículo fue alcanzado por un impacto naval directo, falleciendo las 2 personas allí apostadas.
Habríamos andado unos 500 metros más cuando observo en el mar a nuestra izquierda ciertos destellos luminosos intermitentes, por lo que le digo al chofer en tono preocupado “Desde el mar hacen señales con una linterna, serán comandos ingleses?” La preocupación por los comandos era un tema recurrente.
Luego de un instante vemos que unos 80 o 100 metros adelante nuestro la tierra tembló iluminándose la escena: las “señales de la linterna” que yo había observado en realidad eran los cañones de 105 mm de los buques ingleses que ubicados aproximadamente a 10 km habían comenzado a batir nuevamente la playa y montes costeros, reiniciando la tarea de ablande de las posiciones argentinas que estaban apostadas allí.
Rápidamente detuvimos la marcha, descendimos y nos arrojamos al piso cubriéndonos la cabeza ya que el ruido era muy fuerte y volaban piedras o esquirlas por todas partes. Calculo por el estruendo y la luminosidad que el proyectil más cercano debe haber impactado a unos 30 ó 40 metros del lugar en que nos refugiamos, bien pegada la cara contra el piso mezcla de roca y turba.
Luego de un par de minutos y aunque el fuego naval continuaba haciendo vibrar la tierra, observamos que los impactos se habían ido alejando de nosotros y continuamos la marcha cuesta arriba.
Ahora ya teníamos contacto visual con el fuego y el humo de nuestro destino. Además los gritos del personal desde las trincheras nos guiaban para esquivar los obstáculos, ya que íbamos atravesando posiciones de combate y era imposible visualizarlas por la oscuridad y el propio camuflaje.
Ya en el lugar de reunión de heridos entre varios rápidamente cargamos las camillas con dos soldados gravemente heridos y encaramos el descenso a los tumbos por el escabroso terreno, regresando lentamente pero sin mayores inconvenientes al hospital mientras en la lejanía continuaba el fuego naval.
Era ya cerca de medianoche y en ese largo día 1º de mayo que había comenzado a las 4.40 hs, al despertarnos bruscamente una batería antiaérea cercana al hospital, tuve el triste honor de evacuar a un agonizante Hugo Daniel Cavigioli, quien con sus jóvenes 18 años pasó a la posteridad como el primer soldado muerto que tuvo la Infantería de Marina argentina durante las acciones terrestres en Malvinas.
Aún no repuestos de ese tremendo día 1º a la tarde del siguiente nos llegaron las primeras noticias sobre el hundimiento del Crucero Gral. Belgrano. Al conocerse el número de muertos los días sucesivos fueron muy depresivos y se recurría frecuentemente a los rosarios plásticos que se habían repartido masivamente: el miedo a la muerte nos hacía proclives a la religiosidad, aún entre los más escépticos como era mi caso ….
Además de tener a cargo un laboratorio muy básico, apenas llegado al CIMM una responsabilidad paralela que se me adjudicó (según se me dijo por ser bioquímico ???) fue la de “Encargado de necrológicas”. En ese rol debía recibir los cadáveres, labrar una rudimentaria acta inventariando sus pocos efectos personales y acondicionar los cuerpos en bolsas negras en una simple carpa a la intemperie, que utilizábamos como morgue dado que el frío otoño nos permitía un cierto margen de conservación.
Recuerdo especialmente la tarde del 3 de mayo, cuando me tocó recibir al recién fallecido aviador naval Tte Carlos Benítez estrellado en cercanías del aeropuerto. Al abrir su billetera me detuve un instante para observar la clásica foto familiar que todos portábamos: era tan parecida a la mía propia que negros pensamientos depresivos me invadieron y tuve que reprimir una furtiva lágrima que amagó asomar.
En principio los cadáveres iban a estar poco tiempo en esa carpa ya que se preveía su pronta evacuación al continente, pero la realidad marcó que dado el mínimo dominio del aire que tenía nuestra aviación, no hubo otra alternativa que realizar una muy precaria inhumación en un terreno adyacente al cementerio.
A los pocos días y aprovechando la “ley del gallinero” que prima en toda estructura militar, conseguí que un bioquímico de Fuerza Aérea de menor jerarquía que la mía me relevara de esta tarea nada grata.
El 6 de mayo dormitaba un poco a la tarde cuando se me presenta un suboficial enfermero del CIMM y me dice en forma intempestiva y casi textualmente “Doctor, su esposa por casualidad estaba esperando familia? ”. Ante mi ansiosa respuesta afirmativa me dice: “Ah, entonces el llamado era para Ud , no se escuchaba muy bien pero me pareció entender que hace unos días ya tuvo una hija”.
Con la premura que es dable imaginar me fui hasta la Central de Radio de Puerto Argentino, donde gentilmente y pese que no era el día que correspondía a mi unidad para llamadas al continente, igualmente lograron con esfuerzo un contacto por radio con la casa de mis suegros en Bahía Blanca donde se encontraba mi familia: la emoción me embargó cuando escuché la temblorosa voz de mi esposa diciéndome que el 3 de mayo había nacido mi segunda hija Antonella.
En el CIMM dormía en el piso de una habitación que compartía con 15 médicos más y en los últimos días críticos, únicamente se descansaba de a ratos durante el día cuando lo permitían las pausas del trabajo.
Igual siempre hay que ser positivo: la atmósfera de ese alojamiento, hacinada de hombres que no se destacaban precisamente por hacer un culto de la higiene personal, sumado al uniforme que llevaba más de 2 meses sin lavarse, ejercía un suave efecto anestésico y era un buen inductor del sueño reparador.
La comida siempre fue de buena calidad pero generalmente escasa (tal vez por eso era tan rica), en base a un único plato principal caliente 2 veces al día, muy pero muy líquido con algo de carne o fideos.
Recuerdo que había que cuidar la cuchara sopera personal más que ninguna otra cosa: si la perdías (en realidad siempre había alguno que la quería robar) te esperaba una muerte segura por inanición …
Bromas aparte, los hombres que constituimos el CIMM fuimos respecto a confort y seguridad las personas más afortunadas de la guerra.
Nuestros soldados en el frente, sin distinción de jerarquías, durante el último período padecieron 16 horas diarias de oscuridad enterrados en sus “pozos de zorro” excavados en la húmeda turba (de ahí tanto pie de trinchera), soportando todos los rigores del clima austral (hasta 15 ºC bajo cero algunas noches) y agobiados por el inclemente fuego de artillería naval y terrestre que sin prisa pero sin pausa machacaba las posiciones en su tarea de ablande preparatoria del asalto final.
Hacia el 10 de junio la ofensiva inglesa en los alrededores de Puerto Argentino arreciaba. El cañoneo naval y los bombardeos aéreos incrementaron su frecuencia y el número creciente de heridos que llegaba al CIMM nos hacía intuir que el curso de la batalla estaba rápidamente inclinándose en nuestra contra.
Para el día 11 de noche ya era imposible dormir porque se había hecho constante el fuego de artillería y además siempre llegaba algún vehículo con bajas, dada la modalidad de combate nocturno que había impuesto la ofensiva inglesa terrestre aprovechando su gran superioridad técnica en esas circunstancias.
A cualquier hora del día o de la noche podía llegar un contingente de heridos evacuados desde el frente. En algunos momentos ante el aluvión de bajas y pese a su buena organización, el CIMM se veía superado y todos colaborábamos sin distinción de jerarquías en lo que se pudiera ser útil.
Debo resaltar que los procedimientos para un hospital de campaña durante la guerra (y esto es así en todo el mundo) en general son muy crueles: ante la llegada masiva de heridos se atiende primero al que más posibilidades presenta, los más graves casi quedan condenados a muerte en la primer clasificación ya que su atención insumiría tiempo de recursos humanos valiosos, con escasísimas probabilidades de sobrevivir al shock causado por terribles heridas. En ese tiempo seguramente se pueden resolver muchos otros casos quirúrgicamente más sencillos pero que si no se atienden de inmediato pueden comprometer la vida o provocar amputaciones evitables, aunque éstas igualmente debieron practicarse con cierta frecuencia.
Debemos tener presente que la gran mayoría de las heridas de guerra que se produjeron fueron a consecuencia de esquirlas por proyectiles de artillería o bombardeo aéreo, que resultaban especialmente lacerantes con graves hemorragias y en ocasiones pérdidas importantes de masa muscular o miembros.
Las feas heridas cavitantes por proyectiles de alta velocidad procedentes de armas portátiles sólo se manifestaron los últimos 3 días, cuando en muchas ocasiones el combate llegó a ser casi cuerpo a cuerpo.
También hubo importante incidencia de lesiones por el frío y el tan temido “pie de trinchera” llegó a presentar algunos casos muy graves con necrosis y consecuente amputación de ambos pies.
También debe evaluarse que al CIMM le resultó sumamente dificultosa la evacuación sanitaria aérea al escalón superior, ubicado en hospitales de Comodoro Rivadavia, Puerto Belgrano o Buenos Aires. Me tocó participar directamente en algún apresurado viaje nocturno al aeropuerto (8 km) para evacuar heridos al continente, maniobra que se vio frustrada inclusive al pie de la pista debido a que los Hércules C130 podían permanecer pocos minutos y con motores en marcha, dado el inminente peligro resultante del neto dominio del aire que ejercieron los caza interceptores Sea Harrier durante toda la guerra.
En los momentos en que el trabajo en el CIMM arreciaba yo “me enganchaba” para colaborar con alguno de los 5 grupos de recepción y clasificación de heridos, aportando allí más buena voluntad que idoneidad técnica ayudando en técnicas de RCP, apertura de vías para sueros, etc.
Recuerdo especialmente que todo el personal del CIMM pasó en completa vigilia las noches del 11, 12 y 13 de junio y en los diversos períodos en que los 6 quirófanos se veían colapsados yo también iba en apoyo del personal responsable de hemoterapia. Siempre había algo que hacer en esos momentos …
El CIMM no era un objetivo estratégico para el enemigo inglés y por ende resultaba un lugar relativamente seguro para todos nosotros, salvo por algún error impredecible que en toda guerra ocurre: el día 13 de junio a la tarde la casa ubicada 20 metros frente al hospital recibió un impacto directo de artillería inglesa falleciendo los dos kelpers que allí habitaban y creo que también hubo algún otro herido cercano.
Siendo ya cerca del mediodía del 14 de junio, de repente se hizo un silencio absoluto que resultó muy impactante para la mayoría de nosotros, ya que recién en ese instante tomamos real conciencia del nivel de ruido constante por fuego de artillería al que nos habíamos acostumbrado a vivir los últimos días.
Luego de unos pocos minutos de incertidumbre y de algunos cabildeos fruto del desconcierto, un grupo nos asomamos a la puerta del CIMM y pudimos ver las humaredas en todas las colinas cercanas que bordeaban la población y algunas columnas de tropas argentinas bajando hacia el caserío del poblado.
En algunos casos observamos pequeños grupos de nuestros soldados con las manos tras la nuca custodiados por paracaidistas ingleses, característicos a la distancia por sus boinas color borravino.
En ese momento a unos 80 metros calle abajo comenzó a subir con paso firme una patrulla inglesa de 7 u 8 hombres. Recuerdo bien el gesto del oficial a cargo, quien cuando faltaban unos 30 metros para llegar a nosotros sacó el cargador de su metralleta Sterling como signo de no beligerancia. Para recibirlos en la puerta principal de acceso al CIMM y alrededor del Dr. Ceballos nos habíamos reunido algunos que alardeábamos (infundadamente como se pudo ver después) de tener un cierto dominio del idioma inglés.
El oficial jefe inglés nos saludó militarmente con la venia y nos dijo en tono formal pero muy cortés que se había acordado una tregua y que Puerto Argentino por el momento quedaba partido en dos. Inmediatamente nos informó que nuestro CIMM se encontraba en un lugar dominado por sus tropas.
De esta forma tan particular nos enteramos “oficialmente” de que la guerra había aparentemente terminado. Un sentimiento de gran alivio se apoderó de todos nosotros: en esas circunstancias el resultado de la contienda había pasado a un segundo plano y lo prioritario era que finalizara tanto sufrimiento y muerte a nuestro alrededor.
Este oficial inglés, ya en tono más coloquial se puso a nuestra disposición para colaborar con la atención de nuestros heridos y si lo considerábamos necesario, realizar evacuaciones aéreas a sus propios hospitales de campaña terrestres o buques hospitales.
En esos momentos también señaló en el horizonte cercano por lo menos 8 ó 10 helicópteros ingleses que con su particular sonido se acercaban a la población, lo cual no dejó de impactarnos ya que habíamos vivido en carne propia todos los serios inconvenientes que tuvo para operar en el rescate de bajas el helicóptero del CIMM y algún otro ocasional colaborador.
Le agradecimos el gesto pero le manifestamos que preferíamos sinceramente evacuar nuestros heridos al buque Hospital Bahía Paraíso, el que se encontraba fondeado a la vista en la bahía de Puerto Argentino.
Finalmente nos dijo que disponíamos de 24 horas para desalojar las instalaciones ya que eran necesarias para sus propias tropas que venían ocupando posiciones en el poblado, bajando desde las colinas cercanas.
Luego la patrulla comenzó a reconocer el Hospital y uno de los momentos que recuerdo con más emoción fue cuando estos ingleses y nuestros soldados heridos convalecientes se vieron las caras por primera vez. Se produjo un instante de tensión pero después alguien rompió el hielo (creo que solicitando un cigarrillo) y pronto se armó un pequeño corrillo en el que lógicamente abundaron las señas.
Tiempo más tarde me enteré que la sabiduría dada por la experiencia bélica de siglos de Inglaterra hizo que para tomar Puerto Argentino durante esta tregua destacaran tropa fresca de reserva. No usaron el mismo personal que había combatido los últimos días el cual seguramente podía estar afectado por el fuerte stress, la falta de descanso, la pérdida de algún compañero o amigo. De esa forma el personal inglés encargado de tomar en primera instancia las posiciones argentinas estaba medianamente descansado, más distendido, con su uniforme limpio y una cierta actitud amistosa que seguramente minimizaba la probabilidad de eventuales conflictos que pudieran producirse con nuestra tropa derrotada, cansada, sucia, desnutrida y seguramente proclive a un desborde emocional fruto del stress post traumático a consecuencia de los combates.
Esa tarde, bajo una pertinaz nevada y repartiendo “sorry, sorry ” a diestra y siniestra para pasar entre los correctos ingleses, realicé un vuelo al buque hospital para salvar una buena cantidad de unidades de sangre del depósito de hemoterapia. En el último estuve fugazmente tentado de quedarme “asilado” en este buque, ya que yo estaba como “fuerza naval independiente” debido a que había sido cedido por el BIM 5 al CIMM y a éste le quedaban pocas horas de existencia. Finalmente y con muchas dudas reconozco (en ese momento el buque hospital para todos representaba la seguridad absoluta) tomé la decisión éticamente correcta y decidí volver a la incertidumbre que me esperaba en Puerto Argentino. (continúa en el próximo número)
Datos del autor
Guillermo Sergio Pandolfi nació el 25 de junio de 1952 en la ciudad de Bahía Blanca y se graduó de Químico (1973) y Licenciado en Bioquímica (1975) en la Universidad Nacional del Sur. Es especialista en Bromatología con orientación en Aguas y se ha desempeñado como Perito Químico en la Justicia Federal y docente dando cursos y conferencias en Congresos Nacionales y Latinoamericanos así como también en la Fundación Bioquímica Argentina y las Universidades Nacionales del Sur y Tecnológica.
Diplomado en Gerenciamiento Empresarial en la Universidad del Sur, actualmente es el gerente comercial del Laboratorios IACA de Bahía Blanca.
Gracias Guillermo Por tú valor y desempeño  junto a otros soldados . (Daniel)

jueves, 9 de febrero de 2012

La Revolución de Mayo y la medicina

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Irina Podgorny, Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, Berlín
Muchos entusiastas de la llamada visión externalista de la ciencia difundieron la idea de que ésta constituye una expresión directa de los sucesos sociales, y que las disciplinas y las instituciones se modifican según acontecimientos externos a ellas. Esa reducción dio lugar a una historiografia que asocia de manera causal los hechos de la historia política con los cambios en las ideas y en las prácticas; según ella, las revoluciones, los golpes de Estado y los gobiernos pueden servir para marcar los períodos que caracterizarían el devenir científico.
En el caso argentino, esa tendencia se sumó a una historia proclive a centrarse en el discurso político, en la que la búsqueda de legitimidad y la propaganda se confunden con los hechos. Además de otros cuestionamientos que se puedan hacer, este tipo de trabajos históricos omiten las continuidades -y discontinuidades- fácilmente perceptibles por una mirada más sosegada.
Como en Los miserables de Victor Hugo o en El gatopardo de Giuseppe di Lampedusa, las prácticas y los actores -salvo intervención drástica de la guillotina- pueden atravesar los sacudones políticos, esconderse en la jerga de los publicistas del nuevo orden y aprovecharse de éste para su supervivencia. Por eso, en el año del bicentenario de la Revolución de Mayo, cabe preguntarse quiénes fueron los actores de la ciencia revolucionaria.
Este artículo considera dicha pregunta para el caso de la medicina, y permite entender, con la calma que da una perspectiva de dos siglos, que la frase de Tancredi, sobrino del príncipe Fabricio de Salina, de que todo debe cambiar para que permanezca igual, se puede extender mucho más allá de las costas sicilianas.
Hace varios años, Jorge Gelman se refirió al ingeniero militar español Pedro Andrés García como un funcionario en busca del Estado. Radicado en el Plata desde el virreinato de Cevallos, en 1810 García puso su pericia al servicio de los nuevos gobiernos. La expresión de Gelman condensa la dimensión del asunto que plantea esta nota: muchos de los médicos militares, sacerdotes, ingenieros, profesores de las universidades de Córdoba y Chuquisaca, en resumen, los funcionarios locales de la administración española que decidieron ponerse al servicio de la Revolución, supieron reconocer que este tipo de acontecimientos generaba oportunidades para establecer vínculos con el poder emergente.
Sin embargo, los médicos Cosme M. Argerich, Francisco de Paula del Rivero, Cristóbal Martín de Montúfar, James Paroissien y Joseph Redhead; los presbíteros Saturnino Segurola, Dámaso Larrañaga y Bartolomé Muñoz, o el ingeniero García, entre otros, pudieron constatar que la búsqueda de una nueva legitimidad no siempre resultaba exitosa, sobre todo cuando los cambios y los conflictos internos asumían un ritmo para el cual el saber y la pericia técnica no parecían tener destinatario.
La expresión de Gelman recuerda asimismo que un nuevo orden se establece con los actores del antiguo y que, por ello, no debe sorprendernos que las prácticas de la burocracia colonial sobrevivieran en los discursos revolucionarios. Mientras el papel sellado carolino y fernandino siguió usándose hasta ocho años después de la Revolución, las estructuras de gobierno. lo mismo que los funcionarios y técnicos de la colonia, sobrevivieron mucho más, sea por las necesidades del poder, su capacidad de adaptación o la convicción revolucionaria de los protagonistas. Las instituciones y las prácticas médicas, así como los profesionales de la actividad, continuaron con pocas modificaciones las tradiciones coloniales, pero hicieron de la Revolución un laboratorio para reformular sus vínculos con el poder. En ese sentido, este artículo se enrola en las nuevas visiones historiográficas que se preguntan si Mayo de 1810 constituyó, verdaderamente, una bisagra de la historia y de qué tipo, si así lo fue.

Los médicos de Buenos Aires 

Desde 1779, el Protomedicato, con sede en Buenos Aires, se había erigido en la institución encargada de la salud pública y la habilitación de los médicos. En 1803 veintisiete médicos y cirujanos estaban habilitados para ejercer como tales en el área de influencia de la capital virreinal, que sumaba entonces unos cuarenta mil habitantes. Varios médicos y cirujanos de la marina o el ejército españoles aprovecharon sus viajes para afincarse en plazas donde se podían establecer y formarse una copiosa clientela civil. Por lo general, para desvincularse de sus obligaciones militares alegaban problemas de salud, por ejemplo los típicos de la vida en los barcos, cuyos síntomas conocían y podían simular a la perfección.
La práctica de la medicina en Buenos Aires, como estos médicos sabían, era dificil de controlar desde Lima, Madrid o la Real Audiencia de Charcas, centros que, hasta la creación del Protomedicato local, administraron la medicina de las provincias del Tucumán y del Plata. A inicios de siglo XIX, esa última institución propuso establecer estudios de medicina en la ciudad, con un programa de seis años basado en el de la renombrada escuela de Edimburgo, donde se formaron Richard Owen y Charles Darwin en la década de 1820 y, antes, Joseph Redhead, el médico de las campañas de Manuel Belgrano y depositario póstumo de su reloj.
Los primeros cursos se realizaron en 1801 y estuvieron a cargo del irlandés Michael O’Gorman (1749?-1819) y el español Agustín Eusebio Fabre (1729-1820). El segundo, responsable de enseñar cirugía, fue reemplazado en 1802 por Cosme Mariano Argerich (1756-1820). O’Gorman había estudiado en Reims y París. Desempeñándose como médico en Madrid, en 1774 fue incorporado al cuerpo de sanidad de una expedición militar a Argelia; dos años más tarde se embarcó en la expedición de Santa Catalina contra los portugueses (comandada por Pedro de Ceballos), que llegó al recién establecido virreinato del Río de la Plata. Se asentó en Buenos Aires y adquirió reputación atendiendo a las familias más importantes de la administración colonial. Fabre, por su parte, había recibido su entrenamiento como cirujano en el Real Colegio de Cádiz y al concluirlo ingresó en la Real Armada Española para desempeñarse en barcos que viajaban a las Filipinas y al Perú. Llegó a Montevideo en 1774, donde abandonó la marina para asentarse en Buenos Aires y adquirir abundante clientela civil y eclesiástica. Por su lado, Argerich, hijo criollo de un medico catalán, estudió en la Universidad de Cervera, en Cataluña, de donde egresó a Buenos Aires en 1784; ejerció como médico de policía, conjuez examinador del Protomedicato y secretario de éste. Tanto Fabre como O’Gorman enfrentaron varios conflictos con la administración colonial, por el abandono de sus obligaciones militares el primero, y su ‘nacionalidad extranjera’ el segundo. No obstante, ante la falta de galenos -fenómeno repetido en los años revolucionarios-, lograron la protección de los virreyes, quienes defendieron su buen nombre y les obtuvieron cargos oficiales
Sin embargo, los estudios de medicina no lograban atraer interesados en el Plata: en la segunda camada de 1804 hubo cuatro inscriptos; en las de 1807 y 1810, ninguno. En 1812, la escuela tenía en total tres estudiantes por graduarse, que practicaban en el ejército. Las aulas se transformaron en depósitos de material bélico y, en mayo, el gobierno canceló los pagos de los profesores hasta que esos gastos demostraran su utilidad. En diciembre, el Triunvirato nombró una comisión para establecer un colegio de ciencias, a costearse con los fondos del de San Carlos y del Seminario Conciliar, instituciones que, según las nuevas autoridades, debían fusionarse o desaparecer.
Argerich, por su lado, propuso reorganizar los estudios de medicina y, en un marco de guerra en expansión, unió su enseñanza con las necesidades sanitarias del ejército revolucionario y las fibras más hondas de la juventud. En un trabajo citado entre las lecturas sugeridas, Alberto Palcos señaló que para Argerich ésa representó la única forma de asegurar la supervivencia de la escuela de medicina: vincularla con el ejército y darle estatuto militar. En mayo de 1813, la Asamblea estableció un Instituto Médico bajo su dirección y el 14 de junio le otorgó carácter militar. En abril de 1814, los profesores le dieron un reglamento, establecieron su organización y fijaron la del cuerpo de médicos militares.
El programa del Instituto comprendía seis años de estudios, con cursos (citados según sus nombres de época) de anatomía y fisiología en el primero; patología general, semiología, elementos de química farmacéutica, terapéutica y materia médica en el segundo; un tercer año dedicado a cirugía patológica, el cuarto a enfermedades internas y el quinto, a enfermedades de los huesos, partos y medicina legal. El sexto año se dedicaba a prácticas. Los profesores continuaban siendo los de la escuela colonial: Montúfar, Fabre y Argerich. Los conocimientos, la descripción de enfermedades y las maneras de operar eran los de las escuelas europeas del siglo XVIII.

Los cirujanos de la Revolución y la guerra

Para esos profesores, el principal problema residía en que los graduados no querrían enrolarse en el ejército. Aun cuando ello fuera obligatorio, recurrirían a todos los recursos imaginables para evitarlo, hasta la simulación de enfermedades. Como remedio, y dado el creciente prestigio y la movilidad social de los oficiales, dichos profesores propusieron que los médicos tuviesen ese rango militar y salarios acordes con su jerarquía (ver recuadro ‘¿Criollos, españoles o extranjeros? ¿Civiles o militares?’). También diseñaron un uniforme, con vivos de terciopelo y ojales de oro cuya cantidad variaba según el grado; contrariaba los principios más modernos de higiene militar y parecía seguir, en cambio, los modelos tradicionales de la administración española.
Tulio Halperín Donghi señaló que el mismo gobierno revolucionario se había ocupado de la reforma de los uniformes militares, y que lo había hecho sin respetar el espíritu de simplicidad republicana impuesto a los cuerpos civiles de la administración pública. Los conflictos por obtener el privilegio del uniforme militar para los médicos se inscribe en lo anterior, pero también en las estrategias de los profesores para lograr visibilidad y honores en el nuevo orden.
Los argumentos empleados en abril de 1814 para atraer estudiantes y convencerlos de las ventajas de ingresar en el ejército enfatizaban aspectos como los ornamentos del uniforme y la mejora social ligada con el sueldo fijo del empleo estatal. En mayo de 1814, el presidente del Consejo del Estado desechó la propuesta de los profesores con el argumento de que sólo buscaba obtener honores, premios y privilegios para ellos. El gobierno insistió, en cambio, en las obligaciones de los profesores, en organizar la sanidad militar y en mejorar los hospitales, tanto civiles como militares. Sostuvo, también, que el Instituto debía proveer cirujanos al ejército revolucionario y dar asesoramiento en materia de higiene de la tropa, así como sobre la invalidez de los heridos de guerra y la carga que estos significarían para el Estado una vez instalada la paz.
En la década de 1810 abundaron los conflictos de autoridad en el gobierno, en el ejército y entre el Instituto y el Protomedicato a cargo de O’Gorman hasta 1816: se efectuaron nombramientos por encima de la autoridad del cirujano mayor de los ejércitos nacionales, hubo alumnos del Instituto que terminaron sus estudios examinados por la autoridad civil y oficiales -como San Martín- que se ocuparon por las suyas de la sanidad de su tropa o desconocieron el grado militar de los cirujanos.
El Instituto empezó a padecer el poco interés despertado por la cirugía militar, vista como una profesión de baja jerarquía social. Además, como lo manifestó Argerich, en 1819 sólo tres profesores cumplían con la condición de haber nacido en América, impuesta por el Directorio. Su hijo Francisco Cosme, cirujano del ejército, nacido en Cataluña, no era uno de ellos. La mayoría de los cirujanos de Buenos Aires poseían cargos fijos. Y estaban exentos, por esa razón, de ser incorporados a las filas. Otros sufrían enfermedades, o se trataba de septuagenarios, o eran simplemente ineptos para cuidar la apreciable vida de los beneméritos defensores de la patria. Quizá por esto, hacia septiembre de ese año el Directorio solicitó a Argerich y éste al protomédico Justo García Valdés una lista de cirujanos extranjeros presentes en la ciudad que pudiesen servir en los ejércitos nacionales.
La aversión a ser reclutado como cirujano militar muestra que el ejército no parecía ser el destino más deseado por los jóvenes médicos, pues los sometía a la permanente experiencia de la muerte y a la posibilidad de causarla o padecerla. Los diplomados, los estudiantes y los antiguos cirujanos de los hospitales betlehemitas evitaban por todos los medios prestar servicios en la guerra, incluso movilizando influencias o presentando excusas ficticias. Las solicitudes de licencia y pedidos de excepción invocando motivos de salud abundan en los legajos del Archivo General de la Nación. En esto, como testimonian los trabajos reunidos por Eduardo Míguez, los médicos no diferían demasiado de los campesinos o de los hombres de la ciudad arrastrados al campo de batalla. La única diferencia radicaba en que podían simular con precisión los síntomas de las enfermedades aducidas.
La doctrina de la medicina militar consideraba que la guerra y las personas afectadas constituían una de las causas más importantes de enfermedad, sin embargo, olvidaba mencionar que el temor de los hombres del común o del médico de tropa a ser enrolado generaba otras enfermedades cercanas a la hipocondría. Las necesidades de la guerra pudieron servir para justificar la supervivencia de la escuela de medicina pero no lograron interesar a los jóvenes en un ejército cuyos mandos y oficialidad estaban, además, divididos según facciones políticas y, a veces, no sabían definir quién era el enemigo. Así, en octubre de 1819, Victorino Sánchez, natural de Buenos Aires y alumno del Instituto Médico militar, seleccionado con el fin de ser incorporado al Ejército del Tucumán, argumentó para excusarse que tenía una constitución física propensa al chucho (paludismo) y que carecía de los necesarios conocimientos por no haber concluido sus estudios, pues le faltaban algunos tratados de la medicina (en la jerga de hoy, algunas especialidades). Subrayó no soy un facultativo, sino un mero alumno. Agregó que constituía el único sostén de sus padres ancianos y carentes de fortuna. En caso de rechazarse su pedido, Sánchez pidió que se ordenara al Instituto otorgarle los despachos correspondientes de haber practicado y concluido las dos facultades en toda forma [ ...] pues si estoy capaz de desempeñar esta comisión; también lo estaré de obtener los despachos que me corresponden como a cualquier facultativo.
Cornelio Saavedra, brigadier en jefe del Ejército, pidió informes al director del Instituto. El 5 de noviembre Argerich contestó indignado. Celebró un descubrimiento admirable y original, pues hasta ahora ningún autor nos ha manifestado cuál es esta disposición para una enfermedad que sólo se contrae por contagio, ya de un infectado, ya del aire que nos circunda. Aclaró que el nombrado podía desempeñarse como cirujano segundo, bajo la inspección de un primero, y agregó: si se halla incapaz de encargarse de la salud de sus semejantes ¿cómo tiene la criminal impavidez de asistir ya hace dos años a cuantos enfermos lo solicitan? [ ...]. Esto, Señor, merece una seria reflexión, y al mismo tiempo un riguroso castigo. Resulta curioso que Argerich denunciara esta irregularidad sólo cuando Sánchez se negó a ir al ejército. No sería venturoso suponer que el castigo consistiera en mandarlo al Tucumán y, así, despojarlo de su clientela civil.
Argerich no se detuvo allí. Sostuvo que el argumento de no haber terminado los estudios era una impostura intolerable. El reglamento previene que el curso debe completarse en seis años, y él ya los tiene cumplidos. Es una malicia refinada decir que le faltan algunos tratados: ha dado en toda su extensión la medicina y cirugía teórica y práctica. Sólo le resta el tratado de partos, y como no se va a los ejércitos a partear, se ve bien la clase de malicia de esta excusa. Agregó que de todos modos el dictado de la asignatura de partos había sido suprimido por la falta de las máquinas y modelos necesarios y de un establecimiento para mantener mujeres en el acto del parto. Con ello Argerich sugería que el plan de estudios no se cumplía y, por lo tanto, los estudiantes podían revalidarse y ejercer -aun atender a parturientas- sin cursar una cátedra ‘innecesaria’. Pero también se abstuvo de indicar que los ejércitos estaban, en realidad, poblados por mujeres que acompañaban a la tropa.
Argerich también explicó que el año anterior había convocado a examen final, pero que los estudiantes a una voz me contestaron que no se hallaban capaces de verificarlo, cuando me constaba, como que era su maestro, que no sólo podían dar exámenes regulares, sino sobresalientes. Pero supe por informes reservados y exactos que habían formado este complot, para [ ... ] eludir la salida a los ejércitos a servir una patria que les ha dado gratis estudios tan brillantes y costosos. ¡Qué patriotismo! Saavedra sentenció en el mismo tono: acusó a los jóvenes de cometer un crimen e insistió en la deuda contraída con el Estado al obtener de manera gratuita unos conocimientos que no dejan de emplear en beneficio suyo. Agregó que cuando el Estado los necesita se acogen a una ignorancia que no tienen y a una falta de títulos que no ha sido un obstáculo para ejercer su profesión hasta la fecha. Observó que la necesidad de nombrar cirujanos americanos hacía surgir siempre los mismos tres nombres, que entran eternamente en terna para salir a cualquier ejército, cuando ya han hecho campañas y están cargados de obligaciones. Pero ni Saavedra ni Argerich podían reconocer que el Instituto, al hacerse militar, había creado un problema insoluble: los jóvenes no estudiaban por la gloria que obtendrían en la guerra, sino por la posibilidad de ejercer la medicina en la ciudad.
Como muestran los legajos del Archivo General de la Nación, Argerich recomendaba al ejército incorporar a las filas –fuera de las normas del Protomedicato- a esudiantes que todavía no habían reunido todos los requisitos para ejercer la profesión médica. Pero, como destacó Sánchez, al volver (si volvían) eran nuevamente considerados alumnos y obligados a terminar las prácticas que les faltaban.
Esta situación llevaba a que proliferaran los estudiantes pero no los médicos. Sea por enrolarlos sin concluir los estudios, o porque los estudiantes descubrieron que dilatar los exámenes los salvaba de la frontera o las campañas revolucionarias, el Instituto produjo más alumnos permanentes que graduados al servicio de la Nación. Un caso similar mucho más célebre fue Francisco Xavier Muñiz, que logró postergar sus exámenes alegando salud calamitosa. Estas irregularidades, similares a las observadas entre los médicos coloniales –es decir, sus maestros-, serían uno de los motivos de la supresión del Instituto Médico Militar.
A comienzos de la década siguiente, las instituciones coloniales y revolucionarias empezaron a ser disueltas: entre 1821 y 1822, además de suprimirse los Cabildos, el Protomedicato fue reemplazado por el tribunal de Medicina, como órgano civil para revalidar los títulos. En el marco de las reformas de Martín Rodríguez, la formidable liquidación de las estructuras políticas de la década de 1810, como las llama Luis Alberto Romero, en septiembre de 1821, se cerró el Instituto Médico.
Un mes antes se había creado el Departamento de Medicina de la nueva Universidad de Buenos Aires y ese año se instalaba la Academia de Medicina. El Instituto no sobrevivió pero muchos de sus profesores se reacomodaron a las nuevas circunstancias. Y aunque por un tiempo Argerich hijo, Romero y Montúfar fueron acusados de extranjeros y oportunistas, el tiempo y los biógrafos, que todo lo borran, lograron apagar el furor de las pasiones que enceguese a los hombres y los conduce al precipicio, como rezaba un libelo de la época, para que Mayo pudiera resplandecer como el sol de la nueva Nación.

Lecturas sugeridas
BELTRÁN JR, 1937, Historia del Protomedicato de BuenosAires, El Ateneo, Buenos Aires.
ClGNOLI F, 1951, La sanidad y el cuerpo médico de los ejércitos libertadores. Guerra de la independencia (1810-1828), Rosario.
LANNING JT, 1985, The Royal Protomedicato. The Regulation of the Medical Profession in the Spanish Empire, editado por JJ TePaske, Duke Universíty Press, Durham NC.
MIGUEZ E, 2003, ‘Guerra y orden social en los orígenes de la nación argentina, 1810-1880’, Anuario IEHS,18, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.
PALCOS A, 1943, Nuestra ciencia y Francisco Javier Muñiz. El sabio. El héroe, Universidad Nacional de La Plata.
POMATA G y SIRAISI N (eds.), 2006, Historia; Empiricism and Erudition in Early Modern Europe, MIT Press, Cambridge (Mass.).
Irina Podgorny
Doctora en Ciencias Naturales. Facultad de Ciencias Naturales y Museo. Universidad Nacional de La Plata. Profesora de historia de la ciencia en las maestrías de la Universidad de Quilmes. Investigadora independiente del Conicet. Research Fellow en el Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, Berlín. Prodgorny@retina.ar

¿CRIOLLOS, ESPAÑOLES O EXTRANJEROS? ¿CIVILES O MILITARES?
Pasajes de escritos administrativos de Cosme Mariano Argerich, conservados en el legajo ‘Tribunal de Medicina. División Gobierno Nacional, 1811-1822’, del Archivo General de la Nación
El Excelentísimo Supremo Director del Estado en ocasión igual a esta me previno que no presente para Cirujanos de los Ejércitos a los Extranjeros, por estar como transeúntes ni a los españoles, por desconfiar totalmente de su conducta relativa a nuestro sistema. En este supuesto solo [están] en aptitud de ser nombrados los cirujanos don Juan Madera don Pedro Rosas y don Pedro Martínez. Debo igualmente hacer presente que estos beneméritos profesores han hecho dilatada y penosísima campaña en el Perú y la Banda Oriental y que actualmente se hallan empleados en el servicio militar.
Buenos Aires 25 de agosto de 1817

Cada vez se hace más sensible la dificultad de hallar profesores idóneos para la asistencia de los Ejércitos: la causa de ese mal procede de la mezquina consideración que se da en el Reglamento a los Individuos de la Medicina militar. Todas las Naciones ilustradas han procurado condecorar del modo más brillante este Cuerpo haciéndolo optar a los grados militares por sus meritos y antigüedad: así es que en el ejército con que nos invadió Beresford era coronel su médico mayor [...] Nada menos se observa en Francia en donde las grandes distinciones estaban concedidas a los profesores [..,] en Alemania [...] y en Prusia [...]. Aun en España, siendo el país en donde las ciencias útiles son las más desatendidas,se considera como coronel al cirujano mayor de los ejércitos.
Y no es de extrañar; porque la sabiduría en las Naciones militares ha llevado a generar la absoluta necesidad de estas medidas. ¿Quién necesita más de tener a su frente Profesores de conocida habilidad que las tropas en campaña, en donde las enfermedades son tan comunes y los casos generalmente ejecutivos deben decidirse sobre la marcha sin hacer tiempo para consultarlos con otros Profesores a largas distancias? ¿Con cuánta satisfacción no entrará un oficial en acción, cuando sabe que tiene cirujanos que le podrían-evitar la
mutilación de un miembro y conservarle la vida con los recursos del arte bienhechora?
Los militares, Sr. Jefe del Estado Mayor, son los que deben tomar con fuego verdaderamente militar este negocio, en que ellos únicamente tienen todo el interés. Por otra parte, el carácter elevado de los Americanos jamás dirige sus vistas al grosero interés de pingües sueldos; solo la noble ambición lo incita a los mayores sacrificios. En este supuesto nadie mejor que Ud. como Jefe del Estado Mayor General podrá elevar a la consideración de Su Excelencia el Supremo Director del Estado la indispensable necesidad de dar más consideración al Cuerpo de Medicina Militar elevando al grado de Coronel al Director del Cuerpo, al de Teniente Coronel a los Catedráticos Consultores, y por este orden a los demás profesores en ejercicio.
Buenos Aires, 19 de noviembre de 1817

Gracias Flaco por Tú Música


Gracias Flaco por Tú Música .Siempre te recordaremos junto a los grandes .

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miércoles, 8 de febrero de 2012

La Presidente debería viajar a las Islas Malvinas

>Creo que la Presidente debería viajar a las Islas cada vez que llega una autoridad de gobierno o corona Inglesa.Este es uno de esos momentos. Es una forma pacifica de reafirmar nuestra soberanía territorial.
Que Podría suceder?

martes, 7 de febrero de 2012

Ingenua Capacidad del Hombre

>La no violencia es la fuerza más poderosa que hay a disposición de la humanidad. 
Es aún más poderosa que el arma más compleja de destrucción ideada por la ingenua capacidad del hombre.
Mahatma Gandhi

lunes, 6 de febrero de 2012

-Un país "modelo 58"... Por Ricardo Lafferriere

-Un país "modelo 58"...
Por Ricardo Lafferriere





"Un auto argentino hoy sólo tiene 
el 30 % de partes nacionales. 
En las épocas de Arturo Frondizi,
 tenía 90%". Es la reflexión del
 presidente de la UIA,
 Ignacio de Mendiguren, de la que
 se hacen eco los diarios del domingo.
Opinión

viernes, 3 de febrero de 2012

Anillado de Perforaciones Vs Impacto Ambiental

>Se va o se esta realizando el anillado Hídrico y diez perforaciones más a las actuales en nuestra ciudad, me pregunto darán a conocer a la población el informe de ¨IMPACTO AMBIENTAL¨ y quien es el responsable que firma y autorizó dicha obra???

Lo más atroz de las cosas malas ,de la gente mala, es el silencio de la gente buena .M.Gandhi



jueves, 2 de febrero de 2012

Algunos que poco aprenden?

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NO A LA REFORMA CONSTITUCIONAL

>A la Constitución Nacional HAY QUE CUMPLIRLA y NO reformarla. 
No a la Reforma

Avances en la lucha contra el cáncer cervical y perspectivas de futuro

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El conocimiento de que la infección del virus del papiloma humano (VPH) persistente con alto riesgo (HR) es el factor etiológico en el desarrollo de cáncer de cuello uterino ha llevado al desarrollo de los métodos de detección del ADN del VPH y la vacuna profiláctica contra el más común de los os tipos del VPH, VPH 16 y 18 humanos. A pesar de la vacunación contra el VPH, el screening del cáncer de cuello uterino seguirá siendo la principal medida de prevención para las mujeres vacunadas y no vacunadas, pero la naturaleza de la detección y tratamiento de mujeres con enfermedad cervical se está adaptando a las nuevas tecnologías. Aunque, la detección del ADN del VPH es más sensible que la citología, su especificidad es menor, ya que la mayoría de las infecciones por VPH son transitorias. Por lo tanto, se consideran otros métodos para mejorar el manejo de las mujeres con enfermedad cervical. La tipificación de ADN del VPH y las mediciones de carga viral se siguen utilizando con fines de investigación. La detección de los transcriptos del oncogen viral E6/E7, que es el marcador de la infección productiva, es una herramienta prometedora para el seguimiento de las mujeres del ADN del VPH-positivo. La detección de la sobreexpresión de p16INK4a, como una prueba indirecta de la expresión de E6/E7, se utiliza para la confirmación de la neoplasia cervical. A pesar de la falta de estandarización, la detección de p16INK4a es útil en entornos clínicos, sin embargo, su reproducibilidad en el manejo de casos de bajo grado y en el límite, es baja. Las perspectivas de futuro incluyen la determinación del estado de metilación de algunos genes celulares que podrían predecir la progresión de la enfermedad.

Bibliografía

En inglés
1: Lörincz AT. Screening for cervical cancer: new alternatives and research. Salud Publica Mex. 2003;45 Suppl 3:S376-87.
2: Cuzick J, Arbyn M, Sankaranarayanan R, Tsu V, Ronco G, Mayrand MH, Dillner J, Meijer CJ. Overview of human papillomavirus-based and other novel options for cervical cancer screening in developed and developing countries. Vaccine. 2008. Aug 19;26 Suppl 10:K29-41.
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4: Bratti MC, Rodríguez AC, Schiffman M, Hildesheim A, Morales J, Alfaro M, Guillén D, Hutchinson M, Sherman ME, Eklund C, Schussler J, Buckland J, Morera
LA, Cárdenas F, Barrantes M, Pérez E, Cox TJ, Burk RD, Herrero R. Description of a seven-year prospective study of human papillomavirus infection and cervical neoplasia among 10000 women in Guanacaste, Costa Rica. Rev Panam Salud Publica. 2004 Feb;15(2):75-89.
5: Armstrong EP. Prophylaxis of cervical cancer and related cervical disease: a review of the cost-effectiveness of vaccination against oncogenic HPV types. J
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En español y portugués :
1. Lima D; Câmara S; Mattos, M; Ramalho R. Diagnóstico citológico de Ascus: sua importância na conduta clínica. J. bras. patol. med. Lab. 2002.; 38(1): 45-49
2. Magendzo N. A; Mayerson Burztyn D; Chuaqui Farrú R; Quintana Q. ME; Verni M. J. Correlación entre citología e histología en papanicolaou sugerente de carcinoma invasor. Rev Chil Obstet Ginecol. 2001; 66(2): 111-4.
3. Lazcano Ponce EC; Alonso de Ruiz P; López Carrillo, L; Vázquez Manriquez ME; Hernández Avila M. Indice de calidad en citología en una muestra probabilística en la Cd. de México. Patología. 1992; 30(4): 201-3.
4. Grueiro Azcano E; Esquenazi Mitrani S; Grueiro Yen, V. Análisis multivariado de datos de laboratorio en el diagnóstico de neoplasias malignas: VI. Cáncer del cuello del útero. Rev. cuba. obstet. Ginecol. 1985; 11(2): 187-204.